Reflexión sobre la IA en las aulas
Lo que llamamos coloquialmente Inteligencia Artificial (IA) ha llegado para quedarse. De hecho, ya estaba en las construcciones algorítmicas de las sugerencias de las plataformas de cine y series, o en las publicidades que aparecen en nuestras redes sociales. También está presente en el desempeño del deporte de alto rendimiento, como por ejemplo el famoso VAR (Virtual Assistant Referee), que tiene casi tantos detractores como el ChatGPT.
Antes de introducirnos de lleno en el rol en la educación que pueden tener las distintas herramientas de la IA, sería bueno recordar que las discusiones de “apocalípticos versus integrados” que se dan alrededor de ella no son nuevas: las vemos en cada aparición de nuevas tecnologías de información y comunicación. En parte, es como vivir en un bucle en el que una nueva tecnología desplaza a la otra en su función “apocalíptica”. Si no, pensemos en la invención de la imprenta hasta esta parte.
Cada nueva tecnología reformula nuestras prácticas sociales y culturales sin terminar de extinguir lo anterior. Cambia las relaciones de poder: la Iglesia no es la misma cuando los sectores populares tienen acceso al bien cultural que en ese momento lo constituía la Biblia; si la tecnología facilita el acceso a determinados bienes culturales, las relaciones cambian. En ese momento también había detractores, sectores que veían con preocupación esos avances. El principal problema, podemos aventurar, es que cada individuo tuviera su propia percepción del mundo, su propia cosmovisión. Para ello, vale recordar esa obra llamada *El Queso y Los Gusanos* (Carlo Ginzburg, 2016), que reconstruye la visión de un molinero en los finales de la Edad Media. Se trataba de una persona medianamente instruida con capacidad de lectoescritura que confrontaba con las autoridades de la Iglesia respecto a distintos aspectos de la religión.
La modificación de las relaciones de poder, la formación de los Estados Nacionales a costa del fin de los feudos, el crecimiento de las ciudades, la conquista de América y el encuentro con otras culturas fueron parte de esa expansión de la percepción del mundo.
La Primera Revolución Industrial también va a tener su influencia en la aparición de nuevas tecnologías de información y comunicación: las mejorías en la producción de papel y en las técnicas de impresión permiten la aparición de la prensa moderna en un momento en que se terminaban las monarquías absolutas y aparecía la figura del “ciudadano” tras las revoluciones en Francia y en Estados Unidos. La publicación de diarios no sólo tiene el impacto político de ser un nuevo espacio de discusión. Para atraer al público, comienzan las publicaciones de folletines, que no es otra cosa que literatura por entregas. La figura del autor se modifica: pasa a ser un asalariado que una vez por semana tiene que entregar su trabajo. Esas modificaciones, que terminan con el “aura” del autor, son las que permiten, a su vez, que gran parte de los sectores populares accedan a determinados bienes culturales que además reflejan en esas historias sus modos de vida.
Aquí también hay que detenerse para hablar del nacimiento de una institución que es parte de la discusión que hoy tenemos: estamos hablando de la escuela.
Según Jesús Martín-Barbero (1987, pp. 101-102), en el camino de formación de un Estado Nacional hacía falta crear la noción de una Cultura Nacional; por lo tanto, había que borrar las diferencias culturales al interior del territorio. Para ello, había que modificar las formas heredadas de transmisión del saber, que eran a nivel familiar de padres y madres (sobre todo estas últimas) a hijos. La escolarización cumple esa función de separación de esa forma de transmisión del saber y la homogeniza. Barbero sitúa a las quemas de brujas como la otra parte de ese proceso de enculturación: significaba terminar con el importante rol de la mujer en la transmisión del saber. Por último, este autor sitúa otra pata del proceso de enculturación como es la percepción del tiempo: se abandona la noción de circularidad dada por la siembra-cosecha-fiesta para pasar a la noción del tiempo lineal, medible en pos de lo que marcan las nuevas formas de producción, con artefactos (dispositivos) llamados relojes que se encargan de medirlo.
La escuela homogeniza la transmisión del saber pero, como toda institución, debe ir detrás de cambios culturales que no controla. A su vez, nunca logra ser la institución exclusiva en su rol pedagógico. El papel que juegan los medios de comunicación en la naciente sociedad de masas la interpelan constantemente en ese rol. Y se produce la segregación en que lo culto puede asimilarse a la cultura letrada, al libro como soporte. Desde ahí se produce la resistencia a las nuevas tecnologías, asimilándolas a lo vulgar desde posiciones aristocratizantes. ¿Cuánto tiempo tardó la escuela en incorporar a los medios audiovisuales como posibles herramientas para el aprendizaje? Así y todo, se incorporó la herramienta sin incorporar el uso y el consumo que hacían de esos medios quienes concurren a esas aulas. Sólo se la hizo propia desde el punto de vista del medio: como los pibes miran tele, hacemos documentales. Los usos y consumos, afuera.
Lo que cabe preguntarse es si muchas de las discusiones que se dan al interior de las escuelas sobre la utilización del ChatGPT principalmente por parte de los estudiantes, no son una repetición en bucle de anatemas ya lanzadas en contra del cómic en su momento, o la radio, o la TV, o Wikipedia, que la escuela deja de excomulgar cuando hace lo que tiene que hacer: lograr que la incorporación sea en forma crítica, sin endiosar la herramienta ni defenestrarla, sino sencillamente aprender a usarla; saber para qué conviene y para qué no.
El cambio se da cada vez más rápido: del diario en papel a la radio y el telégrafo pasaron casi 300 años; de estos a la TV pasaron 40; la digitalización se dio en menos de 20 años. Pero, a la hora de pararnos frente a un auditorio de muchachos de esa misma edad, les pedimos que lean libros porque sólo eso hace la diferencia. Definitivamente, los que tenemos que ponernos creativos somos las instituciones educativas.
Es fundamental que los docentes nos acerquemos a estas nuevas herramientas para conocerlas, pero también es importante que nos acerquemos a nuestros estudiantes para saber qué están haciendo con ellas. Recién a partir de ese punto es cuando podemos empezar a pensar en distintas estrategias sobre cómo utilizarlas en el aula.